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Risas en el viento

Todavía puedo oír el eco de unas risas lejanas arrastradas por el viento…

Me es imposible no echar de menos a los niños. Ellos lo disfrutan todo sin reservas. Se meten en el mar salpicando porque van corriendo como si se les fuera la vida en ello… pero es que hacen bien: juegan, corren, saltan, ríen… ellos no lo saben pero posiblemente serán los mejores momentos de su vida. Cuando nos salpican nos enfadamos, no tanto porque el agua esté muy fría, sino porque vemos en ellos lo que nosotros fuimos.

Luego se manchan de arena y también eso les hace gracia. Manos, pies y también la cara… pero la sonrisa siempre puesta. Mientras, las madres intentan echarles crema para que el sol no les queme, pero no siempre lo consiguen… ¡otra vez como cangrejos! Entran al mar deseando encontrar algún tesoro… ¡mira, unos peces! ¡mamá, me han tocado! Más risas…

Otra vez carreras por los pasillos… hay hambre y tienen prisa por comer, sobre todo las patatas fritas y el postre de chocolate… ¡hey, solo uno! Venga, un poco de siesta y descansamos… ¿descansar? ¿qué es eso? ¡qué rollo!

Por la tarde… ¡vuelven a la playa! Juegan a sacar conchas, hacer “churretes” de barro y arena, más carreras salpicando con el sol del atardecer reflejándose en el agua. Mientras ellos siguen esparciendo sus risas al viento, nosotros ya sabemos que justo este momento es un tesoro, un recuerdo futuro que tendremos que guardarnos bien adentro… un gran sol anaranjado se pone por encima del agua, es tan bonito…

Un paseo de noche todos juntos, estamos muy morenos y olemos a colonia fresca. Esas baldosas que dibujan el verano, las tablas de surf como monolitos y las luces de bohemia… un helado que les mancha la nariz y les vuelve a sacar otra sonrisa…

Me están llegando todas esas risas con el viento, y no quiero que sean las últimas.

Firmado, el Tiempo.

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