Dos fotografías, el mismo lugar.
En una de ellas, descolorida y con los bordes redondeados, el padre sujeta de las manos a una niña con el agua por las rodillas. En su primer día sin flotador, la niña sonríe con la cara iluminada. Ahora mismo la estaba colocando en el álbum junto a otra fotografía, más reciente. Antes de eso, había leído una redacción que su hijo le había traído orgulloso del colegio. El tema era, “El mejor momento de tu último verano”.
“Este verano me lo pasé muy muy bien, mi abuelo me enseñó a pescar. Íbamos por las mañanas, antes de bajar a la playa. Al principio me daba un poco de asco poner la lombriz en el anzuelo y casi me pincho en un dedo, pero luego mi abuelo me ayudó y lo echamos al agua. Nos tiramos un buen rato en el espigón y mi madre me puso crema y una gorra. Yo me aburría un poco, pero cuando el cascabel sonó porque la caña se doblaba y vimos el pez que había picado fue muy emocionante… eso sí, luego lo devolvimos al agua, espero que se pusiera bien de la heridita de la boca.
Después de eso recogimos y estuvimos buscando cangrejos por las rocas. ¡Son un poco feos porque tienen como pelos por las patas!
Luego recogíamos todo y ya nos juntábamos con los demás en la sombrilla. Yo me iba a bañar y mi abuelo luego me ayudaba a hacer un castillo. Buscábamos conchas para adornar las paredes del castillo. Bueno, las buscaba más él, porque yo iba y venía al agua, pero cuando volvía, el castillo estaba todo cubierto de conchas y a mí me encantaba…
Cuando hacía mucho calor nos metíamos todos en el agua y ahí sí que me lo pasaba genial. He empezado a bañarme sin manguitos porque ya soy más mayor. Mi abuelo me lleva de las manos por el agua y ¡me dice que soy un pececito! Mola mucho porque me arrastra y es como si volara… aunque luego se cansa y se va a tomar algo debajo de la sombrilla. A mí me dejan estar un rato más en el agua, pero en la orilla… y yo juego a saltar las olas y le digo a mi abuelo: ¡una! ¡dos! ¡tres!… y así… él me mira y se ríe, aunque yo creo que prefiere lo de pescar…
Bueno, este es el mejor momento de mi último verano en la playa. Aunque ahora que lo pienso me parece que no es solo un único momento, bueno, espero que valga igualmente.
Fin.”
La otra fotografía, con los colores más vivos y los bordes cuadrados, la había imprimido del móvil. Le gustaba imprimirlas al final del verano porque si no, se le terminaban perdiendo en la galería del teléfono. Ahora las miraba a las dos juntas y no podía evitar una punzada de emoción. En la más reciente, su hijo con cara de felicidad, cuelga de las manos del abuelo, que lo arrastra por el agua como si fuera un pececillo. A su lado, ella misma lo está mirando metida también en el agua.
Dos fotografías, tres generaciones, la misma playa. El mejor momento de su último verano.
Firmado, una madre.


