¿Sabes cuando te sientes a gusto con alguien, aunque sea sin decir nada?
Lo mismo pasa con el viento.
Imagina que estás en una tumbona con los pies descalzos en la arena, bajo la sombrilla, leyendo esa novela que tienes a medias. De pronto las páginas vuelan en todas direcciones, la sombrilla se dobla, el sombrero de paja se te vuela y una ráfaga de arena impacta contra tus brazos como una fina lluvia de metralla. Adiós paz…
Ahora imagínate de nuevo en esa tumbona. Los pies descalzos en la arena te empiezan a quemar. Las páginas del libro se quedan pegadas por la humedad y el calor, igual que tu espalda a la tumbona. No corre ni una brizna de aire, y no puedes ni concentrarte en leer…
Pero aún puedes imaginar esto: la misma tumbona, el mismo libro. Tu brazo en el reposabrazos. Sientes como una caricia fresca que levanta un poco tu vello y mueve ligeramente una de las páginas, lo justo para recordarte que estás frente al mar. Levantas un poco tus gafas de sol para mirarlo con tus propios ojos y reparas en el color azul cristalino del agua, mientras otra suave sensación de frescor alivia el calor que estabas empezando a sentir por la espalda. Es muy suave, lo justo para hacerte sentir bien, pero sin molestarte. Como estás a gusto, sigues leyendo mientras oyes el sonido de las olas de fondo y te sumerges de lleno en la novela, que te transporta a otra época…
Te das un descanso y te bañas. Cuando sales, las gotas de agua de mar corren por tu piel y de nuevo un suave airecito te ayuda a secarte. Por unos instantes se te pone la carne de gallina, pero el sol lo compensa y hace que esa sensación dure poco.
Horas después, al caer la tarde te sientas en una terraza y ese airecito es el complemento perfecto para el granizado de limón que te estás tomando.


