Deberías dejarte llevar más por mí.
Está muy bien cuando piensas las cosas… de hecho, es necesario. Pero al final, no es eso lo que te mueve en realidad.
El sol, por ejemplo. Si es suave, cierras los ojos, miras hacia arriba y dejas que nos acaricie la cara, los brazos… aunque si pega demasiado fuerte te quitas o te metes al agua a refrescarte.
¿Y el mar? Si el agua está “buena”, es muy agradable dejarse mecer por las olas, cómo la corriente nos roza al pasar a nuestro lado…
Si el agua está más fría, al salir se te puede poner por un momento la “carne de gallina”, lo que hace que busques rápidamente el calorcito de la toalla… no sin antes pasar por la ducha para quitarnos la sal, claro.
Con la arena tenemos una relación de amor-odio. No nos gusta que se nos quede pegada cuando estamos mojados, pero cuando caminamos por la orilla y se nos hunden los pies, es como un masaje a cada paso… o como cuando jugamos a que se nos escape entre los dedos y caiga como un reloj de arena, es una sensación hipnótica.
Hay veces que, con algunas personas, aún sin conocernos, nos sentimos a gusto en su compañía, y otras que no podemos ni pasar a su lado.
Esto nos pasa también con algunos lugares. Hay sitios que nada más entrar ya sabes que no te quieres quedar, y otros que nada más salir ya sabes que los vas a echar de menos. Sitios que, aunque hace ya tiempo que no visitas, se han quedado grabados como una sensación en ti, como el agua del mar, la caricia del sol o la arena mojada de espuma y sal bajo tus pies…
Como esa gota que nos resbala por la espalda.
Como cuando te asomas a la terraza y nos saluda la brisa del mar.


